Yo, como representante eclesiástico, obispo ante tus ojos, decido pagarte con tu misma moneda, la incoherencia e incomprensión, a ti que durante muchos años marcaste mis pasos. Pero ahora te abandono sin pesar.
Y me siento plácidamente para dejarme arrollar por un tren, símbolo de transición y transformación, mientras como ves, pinto mis labios. Me iré, transcenderé, siendo fiel a mí mismo.
Porque este fondo y esta forma se fusionan para mostrarte, públicamente además, que no hay incompatibilidad, y por ello me voy con mi traje habitual y mi auténtica identidad.